"Entre el Papa y el aire acondicionado, me quedo con el aire acondicionado". Woody Allen.

El concepto de evolución como teoría unificadora de la biología fue perfectamente sintetizado en un ensayo publicado en 1973 por Theodosius Dobzhansky: "En la biología nada tiene sentido si no es en el contexto de la evolución" (Nothing in Biology Makes Sense Except in the Light of Evolution). Sin embargo, los mecanismos que rigen la evolución de las especies siguen siendo desconocidos para la inmensa mayoría de las personas. Por ejemplo, si preguntásemos a personas con educación universitaria qué conceptos asocian con la Teoría de la Evolución, una gran mayoría invocaría fuerzas que dirigen el cambio de las especies "hacia algo", generalmente más complejo que lo existente en la actualidad. Estas respuestas suelen referirse a términos como "adaptación", "respuesta" y "transformación", reminiscentes de un modelo de evolución basado en la herencia de los caracteres adquiridos (Lamarckista) y por tanto erróneo.


El concepto de evolución como teoría unificadora de la biología fue perfectamente sintetizado en un ensayo publicado en 1973 por Theodosius Dobzhansky: "En la biología nada tiene sentido si no es en el contexto de la evolución" (Nothing in Biology Makes Sense Except in the Light of Evolution). Sin embargo, los mecanismos que rigen la evolución de las especies siguen siendo desconocidos para la inmensa mayoría de las personas. Por ejemplo, si preguntásemos a personas con educación universitaria qué conceptos asocian con la Teoría de la Evolución, una gran mayoría invocaría fuerzas que dirigen el cambio de las especies "hacia algo", generalmente más complejo que lo existente en la actualidad. Estas respuestas suelen referirse a términos como "adaptación", "respuesta" y "transformación", reminiscentes de un modelo de evolución basado en la herencia de los caracteres adquiridos (Lamarckista) y por tanto erróneo.
El mecanismo clave de la evolución es la
selección natural. En ciertos casos, los cambios (mutaciones) en el ADN
de las especies modificarán sus rasgos biológicos, ejerciendo efectos
positivos o negativos sobre su capacidad de supervivencia. Por ejemplo,
una mutación que interrumpa la producción de insulina (necesaria para
que las células de nuestro páncreas regulen el metabolismo de hidratos
de carbono y grasas en nuestro cuerpo) será fatal para el individuo,
provocando su muerte prematura y evitando así que dicha mutación sea
transmitida a la descendencia (dicho individuo no llegará a la madurez
sexual y no se reproducirá). Opuestamente, una mutación que proporcione a
una planta resistencia a plagas de insectos será indudablemente
beneficiosa, ya que permitirá que dicha planta (y su ADN) sobreviva
mientras sus congéneres (competidores) mueren. En ambos casos, el
destino del mutante (morir o sobrevivir) depende de su habilidad para
"vencer" al proceso de selección natural, o de otro modo, de su
capacidad de reproducirse y perpetuar su ADN generación tras generación.
Sin embargo, ¿cómo es posible que la
evolución seleccione un ala que permita volar o un ojo que permita ver
si dichos rasgos no existían previamente?. Esta pregunta fue formulada a
Charles Darwin por su mujer, Emma, y es similar a preguntar si fue
primero el huevo o la gallina. Antes de responder a esta pregunta
debemos comprender que la evolución es un proceso gradual y
extremadamente lento en el que no se forman estructuras radicalmente
nuevas. Todo lo contrario, las estructuras que observamos en los seres
vivos son el resultado de millones de años de evolución gradual. Su
presencia prueba no solo su valor evolutivo presente sino también la
aptitud selectiva de las formas intermedias que precedieron a su
apariencia actual (por ejemplo, nuestros ojos son el resultado de
millones de años de evolución partiendo de una única célula fotosensible
en organismos ancestrales).
Las hipótesis en las que se sustenta la
evolución de las especies han sido científicamente comprobadas a lo
largo de más de 150 años, convirtiéndolas de este modo en una Teoría
científica. Durante este período, el escrutinio al que ha estado
sometida la Teoría de la Evolución ha superado al de otras teorías (como
por ejemplo la Teoría de la Gravitación Universal o la Teoría
Heliocentrista) dadas sus implicaciones religiosas y filosóficas. Sin
embargo, los hechos han ratificado constantemente sus predicciones. Si
en la actualidad nadie duda que la ley de la gravedad es responsable
tanto de la caída de una manzana como del movimiento de los cuerpos
celestes, ni de que la tierra gira alrededor del Sol, ni siquiera de que
el gran cañón del Colorado es el resultado de la erosión de la roca por
el río Colorado a lo largo de millones de años, entonces, ¿por qué nos
resulta tan difícil creer y comprender la Teoría de la Evolución? Un
trabajo publicado el pasado año en la revista BioEssays (abril
2011, 33:240) propone dos respuestas complementarias a esta pregunta: en
primer lugar, la Teoría de la Evolución no es intuitiva. En segundo
lugar, es dramáticamente opuesta a la visión que el ser humano tiene de
la vida y del mundo en el que vive.

Pensemos por ejemplo en los seres vivos
que habitan nuestro planeta. Si tuviésemos que proponer una teoría que
explicase su origen y diversidad basándonos en nuestra intuición, lo más
lógico sería pensar que las aves tienen alas para volar, que los
mamíferos tenemos ojos para ver y que el gen encargado de producir
insulina existe en nuestro ADN para permitir que las células de nuestro
páncreas regulen el metabolismo de hidratos de carbono y grasas en
nuestro cuerpo. Sin quererlo (probablemente) estamos invocando la
presencia de un diseño inteligente detrás de la aparición de estas
estructuras, tal y como lo definió el obispo William Paley en 1809: "del
mismo modo que el encontrar un reloj en la playa prueba la existencia
de un relojero, las criaturas vivas que habitan la tierra prueban la
existencia de un poder divino". Aunque intuitiva, la lógica de este
argumento es diametralmente opuesta a la Teoría de la Evolución. Para
comprender esta última es preciso un conocimiento previo de los hechos y
los conceptos en que se sustenta (la lucha por la existencia, la
selección natural, la base genética de la vida y la mutación del ADN,
entre otros). Por tanto, no es sorprendente que la compresión de la
Teoría de la Evolución entrañe dificultad para el lector no
especializado.

Tal y como mencionamos en la parte
inicial de este capítulo, es un error muy común atribuir una finalidad
al proceso evolutivo. Si bien el estudio científico de la evolución se
preocupa del "cómo", intentando comprender los mecanismos responsables
de dicho proceso, la observación filosófica de la evolución se pregunta
"por qué", indagando sobre finalidad de la misma. La respuesta que la
Teoría de la Evolución da a esta última pregunta es, posiblemente, la
causa principal de su incomprensión: en la vida, no existe una
finalidad. La evolución de las especies no las lleva a ninguna parte, ni
a ser progresivamente más complejas ni a alcanzar la perfección.
¿Significa esto que nuestra existencia no tiene propósito? Precisamente,
en el caso de los seres humanos, la capacidad de comprender y modificar
el ambiente en el que vivimos nos hace dueños de nuestro futuro y así,
la razón de nuestra existencia depende de nosotros mismos. En otras
palabras, somos capaces de burlar la evolución (por ejemplo, una persona
miope como es mi caso no habría superado la prueba de la selección
natural en la prehistoria). La búsqueda de una finalidad en nuestra
existencia está íntimamente ligada al pensamiento trascendental y
religioso. Se ha sugerido incluso que la religiosidad constituiría un
rasgo ventajoso durante la evolución, dado que representa el camino
cognitivo menos tortuoso. Opuestamente, el no creer representa un
esfuerzo deliberado contra nuestra naturaleza espiritual.
Consecuentemente, la falta de finalidad de la Teoría de la Evolución la
enfrenta con la visión transcendente y religiosa que la mayor parte de
la humanidad tiene del mundo en que vivimos.
Aunque el proceso que explica la Teoría
de la Evolución carece de finalidad y describe la vida sin una
intervención divina, no prueba que la trascendencia o Dios no existan.
Sin embargo, si decidiésemos creer en la presencia de una divinidad
creadora del universo y la vida, de nuevo podríamos preguntarnos ¿quién
ha creado entonces a Dios? El astrofísico y divulgador Carl Sagan
proporcionó una respuesta muy sugerente a esta pregunta: si decidimos
que esta pregunta es incontestable y que Dios siempre ha existido, ¿por
qué no ahorrar un paso y concluir que el universo siempre ha existido?
Nuestra consciencia como seres humanos nos capacita para asumir la
responsabilidad de nuestro destino. La divulgación de la Teoría de la
Evolución ayudará a que el público general la comprenda y la acepte
fruto de dicha satisfacción intelectual. ¿Merece la pena? Si el objetivo
es un mundo más justo, sustentado en la razón y el conocimiento en
lugar de en el dogma y el misticismo, desde luego que sí.
Artículo original: http://www.investigacionyciencia.es/blogs/medicina-y-biologia/28/posts/a-propsito-de-la-evolucin-razn-y-religin-11158
No hay comentarios:
Publicar un comentario