Tendría que esperar hasta las doce y diecisiete minutos para que saliera, pero el último gajo de mi naranja ya estaba mareado de tantas vueltas entre mis dedos. El fruto solo era una excusa barata para autoconvencerme de que estaba allí porque era un sitio apacible donde disfrutar de un merecido tentempié tras una jornada matinal de lo más absorbente y no para encontrarme “por sorpresa” con ella. Sin embargo, me levanté un par de minutos antes de su aparición y en su lugar me fui andando sin rumbo alguno para llegar hasta aquí. Hasta este ordenador de biblioteca muchas veces manoseado por otras manos, otros dedos que, vete a saber tú, de qué están.
El caso es que estoy casi cansada de que siempre se repita la casi
siempre misma historia. Debe y tiene que haber un punto de
inflexión en mi vida para no tener que esperar por “encuentros casuales”, sino hacer de esa posibilidad una realidad. Si quiero decir
o hacer algo, hacerlo y no esperar al azar de la vida
a que me eche un cable.
Para ser invierno hace bastante calorcito, y sin embargo el puñetero
aire acondicionado de este almacén de libros y falsos
estudiantes derivará en un dolor nebuloso de cabeza. Todavía me espera una hora más para el comienzo de otra hora más en guagua.
Es extraño y curioso. Nunca he sido una persona agresiva, pero creo que
lo estoy siendo con la persona a la que debo
querer más, conmigo misma. También es extraño como a la mente se sobrevienen los párrafos más brillantes (dentro de sus posibilidades) cuando el corazón está de todo menos brillante. Entra alguien por la puerta y aunque son dos hombres con
pinta de dudoso origen, vuelvo mi mirada pensando que podría ser ella que, a sabiendas de mi mal estar, me
siguió hasta la
biblioteca tras yo haberme rendido y comido mi naranja. Mientras
escribo esto lo vuelvo a hacer.
Miro hacia la puerta, esta vez se trataba de una muchacha de mediana
altura y grosor. Bueno, ya no voy tan mal encaminada,
seguro que ella es la próxima (además, a la tercera, la vencida).
Me espera puré en casa. Mi madre se empeña en quitarle todo lo sano que
pueda ser esa comida llamándome para comprar
PAN. Yo soy fanática del pan, pero ella creo que quiere más a el pan durante las comidas que a mí.
Joder, todavía son la una y veinte, me quedan unos veinticinco agoniosos
minutos en los que debo elegir entre seguir
escribiendo mierda o salir de aquí e irme a cerrar los ojos a un banco a la
sombra, eso sí, los abriría de vez
en cuando para que alguna persona interesada en mi (o muy cotilla) no viniera a preguntarme que qué me pasa o incluso (en el caso de los más
folloneros) para cerciorarse de que no me ha dado un
chungo.
Bahh, no haré ninguna de las dos cosas. Esperaré a que el azar se
pronuncie.
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