lunes, 20 de julio de 2015

Diplodocus



¿Se oyen grillos? Lo cierto es que nunca pensé que en el mismo centro de esta ciudad se pudiese escuchar a algún homólogo del mejor amigo de Pinocho. Camino y, en esta ocasión, soy consciente de mis pasos. ¿Cómo darse uno cuenta de dónde acaba la amistad y dónde empieza el amor? Puede que con el paso del tiempo el amor se termine convirtiendo en una amistad, y de eso sí que es difícil y duro darse cuenta. Sigo caminando intentando no pisar las líneas limítrofes de las baldosas. Voy sin sujetador y tengo que admitir que me encanta, al igual que me encantan las mujeres. Las mujeres como tú, las mujeres como ella. En uno de los bancos de la calle veo a uno de los mendigos que piden todos y cada uno de los días en la terraza de mi querido bar. Este es de los buenos, de esos que te dan los buenos días antes de pedirte la platina. Está sentado con la cabeza gacha. Paso de largo y, tras un minuto de indecisión, deshago el trazo y vuelvo. Le pregunto si está bien. Al principio no contesta. Insisto. “Ay, sí, sí, gracias. Estaba descansando un rato”. Sigo y me echo a llorar desconsoladamente. Aún no sé por qué. Ojalá estuvieras aquí para darme un simple y complejo abrazo. Hoy me ha dado por hablar con las manos y no puedo dejar de pensar en cómo me gustaría tener ahora mismo uno de esos orgasmos que te dejan vacía de todo lo terrenal. Un orgasmo tras el cual solo puedas susurrarle a las manos que te provocaron tal paradisíaco estado que vas a cerrar los ojos y a quedarte dormida. Quizás, si tuviera una copa de vino a mi lado resultaría más bohemia la faena, pero lo cierto es que lo único que me acompaña es una botella de agua del Spar (además de que no me gusta el vino). Hago memoria y, a pesar de mi corta y larga edad, me he llevado un par de buenas y malas decepciones. Es normal, ¿no? “Así es la vida” dicen los mayores. Duelen, duelen mucho, pero… Antes de una decepción hay una ilusión, y si hay algo realmente grandioso en esta vida es la ilusión. La ilusión. No voy a ponerme una coraza ni a deformar mi manera de ser por miedo a la decepción, porque eso significaría que he perdido la fe en mí y en mi querida ilusoria ilusión. Emborrachémonos, agárrame fuerte la mano y veamos en dónde nos despertamos mañana. Y de pronto veo en un escaparate de una tiendilla: “No disponemos de cambio para el parquímetro”. Ya no solo tienes que hipotecarte hasta las cejas para comprarte un coche, pagar la gasolina y el impuesto de circulación, ahora tienes que pedir un poco más al banco para dejar aparcado el puto coche en cualquier estacionamiento de esta ciudad. No voy a decorar mucho más estas palabras. Tampoco voy seguir decorándome a mí misma. Me encantas. Y aunque la tesis del texto ya está clara, quiero terminar escribiendo que, si fumara, me haría yo misma el cigarrillo. Pero ojo, sería uno de esos cigarrillos finos y alargados, como los dedos de una bonita y placentera mano.

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