¿Se oyen grillos? Lo cierto es que nunca pensé que en el
mismo centro de esta ciudad se pudiese escuchar a algún homólogo del mejor
amigo de Pinocho. Camino y, en esta ocasión, soy consciente de mis pasos. ¿Cómo
darse uno cuenta de dónde acaba la amistad y dónde empieza el amor? Puede que
con el paso del tiempo el amor se termine convirtiendo en una amistad, y de eso
sí que es difícil y duro darse cuenta. Sigo caminando intentando no pisar las
líneas limítrofes de las baldosas. Voy sin sujetador y tengo que admitir que me
encanta, al igual que me encantan las mujeres. Las mujeres como tú, las mujeres
como ella. En uno de los bancos de la calle veo a uno de los mendigos que piden
todos y cada uno de los días en la terraza de mi querido bar. Este es de los
buenos, de esos que te dan los buenos días antes de pedirte la platina. Está
sentado con la cabeza gacha. Paso de largo y, tras un minuto de indecisión, deshago
el trazo y vuelvo. Le pregunto si está bien. Al principio no contesta. Insisto.
“Ay, sí, sí, gracias. Estaba descansando un rato”. Sigo y me echo a llorar
desconsoladamente. Aún no sé por qué. Ojalá estuvieras aquí para darme un
simple y complejo abrazo. Hoy me ha dado por hablar con las manos y no puedo
dejar de pensar en cómo me gustaría tener ahora mismo uno de esos orgasmos que
te dejan vacía de todo lo terrenal. Un orgasmo tras el cual solo puedas
susurrarle a las manos que te provocaron tal paradisíaco estado que vas a
cerrar los ojos y a quedarte dormida. Quizás, si tuviera una copa de vino a mi
lado resultaría más bohemia la faena, pero lo cierto es que lo único que me
acompaña es una botella de agua del Spar (además de que no me gusta el vino). Hago
memoria y, a pesar de mi corta y larga edad, me he llevado un par de buenas y
malas decepciones. Es normal, ¿no? “Así es la vida” dicen los mayores. Duelen,
duelen mucho, pero… Antes de una decepción hay una ilusión, y si hay algo
realmente grandioso en esta vida es la ilusión. La ilusión. No voy a ponerme
una coraza ni a deformar mi manera de ser por miedo a la decepción, porque eso
significaría que he perdido la fe en mí y en mi querida ilusoria ilusión.
Emborrachémonos, agárrame fuerte la mano y veamos en dónde nos despertamos
mañana. Y de pronto veo en un escaparate de una tiendilla: “No disponemos de
cambio para el parquímetro”. Ya no solo tienes que hipotecarte hasta las cejas
para comprarte un coche, pagar la gasolina y el impuesto de circulación, ahora
tienes que pedir un poco más al banco para dejar aparcado el puto coche en
cualquier estacionamiento de esta ciudad. No voy a decorar mucho más estas
palabras. Tampoco voy seguir decorándome a mí misma. Me encantas. Y aunque la
tesis del texto ya está clara, quiero terminar escribiendo que, si fumara, me
haría yo misma el cigarrillo. Pero ojo, sería uno de esos cigarrillos finos y
alargados, como los dedos de una bonita y placentera mano.
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