Me
despertó lo que parecía ser un objeto animado con ganas de joder. Estaba
tan cansada que ni siquiera me molesté en encender la luz de la mesilla
de noche para exterminar e incrustar en la pared los restos viscosos de
aquel ser. Sabía que, aunque me tapase hasta las fosas nasales, el
bicho era capaz de atravesar las capas veraniegas que cubrían mi cuerpo.
Hacía calor. Lo dejé estar. Volví a caer en las oscuras tinieblas de Freud.
Estaba allí de nuevo. No me quería dejar impresionar por el olor de su
mirada. Sentí un sudor frío tal que pensé que se daría cuenta de la
falsa seguridad que emanaban mis feromonas. En ese instante y por causa
aún incierta, me pregunté por el significado de la palabra ‘escarpia’.
Sí, tenía los pelos como tal. Todos, absolutamente todos. Incluso las
cinco o seis glándulas sebáceas que existen por cada uno de nuestros
pelos habían hecho erizar las raíces de esos vellos hace tres días
depilados. La etimología es una de mis aficiones. Resultó ser que una
‘escarpia’ no es ni más ni menos que un clavo grande que tiene forma de
gancho: algo simple pero muy seguro y efectivo para sujetar aquello que
se cuelga. Sinónimo de nuestra voz de hoy es también la palabra
"alcayata". ¿Por qué el dicho es así? No sé, quizás a algún albañil se
le pusieron los pelos como escarpias cuando vio a David Bustamante
(dícese ser del gremio, para quien no lo sepa… pobre, tuvo que sufrir
mucho) cuando quedó tercero en Operación Triunfo. Perdón, corramos un
estúpido velo.
Si tuviera que asignarle un color a lo que sentía
cuando me miraba, sería el blanco o el negro, sin lugar a dudas. Me
explico: cuando me miraba y acto seguido se correspondían palabras
salidas de su boca dirigidas hacia mí, blanco (el color que todos los
colores posee). Si por el contrario me miraba y durante ese día solo
podía recordar ese acto insonoro, negro (el color que ningún color
posee). ¿Romántica yo? Ni siquiera un osito rosa hecho de algodón de
azúcar en cuya barriguita rece “Te quiero fleje” podría ser tan jodida y
absurdamente sensible como yo… Eso sí, para evitar que estropeen a ese
osito, lo meto en una cajita de zapatos (encerrada a cal y canto con
código de seguridad y apertura retardada). Nota mental: no soy sensible
tipo Alex Ubago. Ese pobre no vio películas Disney de pequeño.
Resiliencia. Ese sería el sustantivo perfecto para su mirada. Ojalá
hubiese podido controlar el escenario onírico del que yo estaba siendo
objeto. No hubiera dejado al color negro invadir mi cuerpo.
Y esta
vez di gracias al mosquito por volverme a despertar. En ese momento
comprendí que tenía una oportunidad al día siguiente para desterrar al
negro de mi vida y ser YO la dueña del blanco. No esperaría a que me
hablase, como cada día. Sería yo la que dijese ‘hola’ y, acto seguido,
me di un golpe en el muslo y recé un padre nuestro por aquel bichito al
que acaba de…
Carolina
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