miércoles, 15 de enero de 2014

Ufff...


¿Alguna vez ha sentido que no sabe cómo sentirse? Esta pregunta, retórica, como no, deja entrever una máxima, la máxima: sentimos lo que escogemos sentir.
Hay infinidad de cosas que pueden suceder, pero usted solo quiere que el mundo se
confabule para que ocurra la que ansía. Lo que desea lo deseará un tiempo, hasta que el mismísimo tiempo haga imposible la realización del evento.
Busca culpables y se da cuenta de que, en realidad, es usted el único que ha hecho planes sin contar con lo posible de la situación, sin tener en cuenta que hay múltiples posibilidades que suplen, sea cual sea, su dichoso e irreal plan.
Hay días en los que vive por vivir, en los que come por comer y en los que la imaginación
es realmente su vida. A veces, esos días se convierten en semanas, meses, años...
Esos días o, llamémoslo, "tiempo", no se crea usted, persiguen la plenitud. Esos días están a la espera de que alguna especie de experiencia o novedad, casi siempre externa, resulte renovadora e ilusoria para que éstos cobren sentido durante al menos un tiempo, porque, bien se sabe, esa ilusión es efímera. 
¿Podemos afirmar, pues, que la felicidad es etérea? ¿Que a eso que llamamos felicidad es simplemente momentos de ilusión y plenitud?
No, claro que no, el problema es que tenemos un basta definición de la felicidad. Fíjese, no diría yo en este caso que estemos siendo demasiado ambiciosos. Diría yo que, quizás, estemos siendo demasiado conformistas.
Hoy es uno de esos días en los que yo escribo por escribir.

Carolina

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