¿Alguna vez ha sentido que no sabe cómo sentirse? Esta pregunta, retórica, como no, deja entrever una máxima, la máxima: sentimos lo que escogemos sentir.
Hay infinidad de
cosas que pueden suceder, pero usted solo quiere que el mundo se
confabule para que
ocurra la que ansía. Lo que desea lo deseará un tiempo, hasta que el
mismísimo tiempo haga imposible la realización del evento.
Busca culpables y
se da cuenta de que, en realidad, es usted el único que ha hecho planes sin contar con lo
posible de la situación, sin tener en cuenta que hay múltiples posibilidades que suplen, sea
cual sea, su dichoso e irreal plan.
Hay días en los
que vive por vivir, en los que come por comer y en los que la imaginación
es realmente su
vida. A veces, esos días se convierten en semanas, meses, años...
Esos días o,
llamémoslo, "tiempo", no se crea usted, persiguen la plenitud. Esos
días están a la espera de que
alguna especie de experiencia o novedad, casi siempre externa, resulte
renovadora e ilusoria para que éstos cobren sentido durante al menos un tiempo,
porque, bien se sabe, esa
ilusión es efímera.
¿Podemos afirmar,
pues, que la felicidad es etérea? ¿Que a eso que llamamos felicidad es simplemente
momentos de ilusión y plenitud?
No, claro que no,
el problema es que tenemos un basta definición de la felicidad. Fíjese, no diría yo en este
caso que estemos siendo demasiado ambiciosos. Diría yo que, quizás, estemos siendo demasiado
conformistas.Hoy es uno de esos días en los que yo escribo por escribir.
Carolina
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